En la consulta, muchos pacientes llegan con una frase que condensa su sufrimiento: “Ya no quiero sentir dolor”. No es una frase banal. Es el grito de alguien que ha amado, que ha apostado, y que hoy se encuentra frente a una pérdida que no eligió. Desde la mirada de la psicología humanista, el dolor por una ruptura no es un error ni un castigo; es, muchas veces, el precio inevitable de haber estado verdaderamente en la vida.
El dolor como señal de vínculo
Cuando una relación termina, no solo se pierde a una persona. Se pierde un lugar, un proyecto, una imagen de futuro y, en ocasiones, una forma de ser uno mismo. Por eso duele tanto. El dolor habla del vínculo que existió y de la entrega que hubo. En este sentido, no todo dolor es patológico; algunos dolores son la consecuencia natural de haber amado con honestidad.
Intentar eliminar el dolor rápidamente suele ser una forma de desautorizar la propia historia. Como profesionales de la ayuda profesional, señalamos que aquello que no se honra queda pendiente. El alma, de algún modo, pide reconocimiento antes de poder soltar.
La prisa por sanar
Muchos pacientes confunden sanar con dejar de sentir. Buscan técnicas, recetas o sustituciones rápidas para acallar el malestar. Sin embargo, la prisa por estar bien suele ser una forma de huida. No querer sentir dolor es comprensible, pero negarlo prolonga el sufrimiento.
Desde este enfoque, sanar no es borrar lo vivido, sino asentir a que fue como fue. Asentir no significa aprobar ni justificar, sino reconocer la realidad tal como se dio, sin añadirle lucha innecesaria.
El asentimiento como acto profundo
Solemos proponer un movimiento interior sencillo y radical a la vez:
“Sí, esto fue así.”
Este “sí” no es mental, es existencial. Es aceptar que esa relación tuvo un lugar en la propia vida y que, aunque terminó, cumplió una función. Cuando el paciente puede decir internamente: “Esto también pertenece a mi historia”, algo comienza a ordenarse.
El dolor empieza a transformarse cuando deja de ser combatido. No se trata de resignación, sino de reconciliación con la realidad.
Soltar no es olvidar
Soltar una relación no implica negar lo vivido ni borrar el amor que hubo. Implica devolver al otro su destino y quedarse con lo que corresponde: el aprendizaje, la experiencia y la propia dignidad. El resentimiento mantiene el vínculo vivo de una manera dolorosa; el asentimiento lo cierra con respeto.
En palabras afines a este enfoque, el perdón auténtico no es un acto moral, sino un efecto natural de haber atravesado el dolor con verdad.
El rol del terapeuta
Desde esta mirada, el terapeuta no empuja al paciente a “estar bien”, ni minimiza el sufrimiento. Acompaña a mirar de frente lo que duele, a sostenerlo con presencia y a confiar en que la vida, cuando es tomada tal como es, vuelve a fluir.
El acompañamiento consiste en ayudar al paciente a:
- Reconocer la pérdida sin dramatizarla ni negarla.
- Diferenciar amor de apego.
- Recuperar su lugar interno más allá de la relación.
- Volver a decir sí a la vida, aun con la herida abierta.
Conclusión
El dolor por una ruptura no es un enemigo a vencer, sino un umbral a atravesar. Cuando se lo escucha, cuando se lo honra y cuando se deja de luchar contra él, pierde su carácter destructivo y se vuelve maestro.
Sanar no es dejar de sentir.
Sanar es volver a estar en paz con la propia historia.


