R. tiene 32 años, trabaja como taxista desde hace varios años y llega por primera vez a consulta con una carga emocional que no puede sostener en silencio. Apenas comienza a hablar de su separación, sus ojos se llenan de lágrimas. No es solo una ruptura: es la caída de un proyecto de vida que había construido durante más de doce años de convivencia.
“Pensé que teniendo un hijo podríamos arreglar las cosas…”, dice, como si aún buscara una salida a algo que ya terminó.
R. reconoce que cometió una infidelidad. No lo dice con justificación, sino con un peso evidente. A partir de ese momento, la relación cambió: los celos, la desconfianza y las discusiones comenzaron a ocupar el espacio que antes compartían. Intentaron continuar, pero algo ya estaba quebrado.
En medio de ese desgaste, ocurrió un episodio que marcó un quiebre definitivo. Durante una discusión, su expareja reaccionó con ira. R. sintió miedo. No fue solo el acto, fue lo que representaba: el límite de lo que podían sostener como pareja. Fue entonces cuando decidió separarse.
Sin embargo, separarse no ha sido lo mismo que soltar.
Hoy, lo que más le duele no es solo la ruptura, sino enterarse de que su expareja está conociendo a alguien más. Lo ha visto en redes sociales. Y eso ha despertado en él una tormenta de pensamientos: se pregunta cuándo lo conoció, si fue durante la relación, si todo lo vivido perdió valor. Aparecen ideas, suposiciones, reconstrucciones que lo atrapan una y otra vez.
Pero el dolor no es solo emocional, también es concreto. R. y su expareja construyeron juntos proyectos materiales como una casa, esfuerzos compartidos que hoy quedan en el aire. Tuvo que irse del hogar que habían construido. No solo perdió una relación, también perdió un espacio que representaba estabilidad y pertenencia.
Al profundizar en su historia, aparece otro escenario, uno más antiguo. R. creció en un hogar donde su padre bebía y generaba miedo. Hubo violencia hacia su madre. La sensación de inseguridad no le es ajena. Hasta hoy, reconoce que no se siente en paz con su padre.
Es como si, en su historia, el amor siempre hubiera estado acompañado de tensión, de miedo, de pérdida.
En su relación de pareja, además, hubo un distanciamiento progresivo. Ambos se enfocaron en el trabajo, en las responsabilidades, en sostener la vida cotidiana… pero se fueron alejando emocionalmente. Cuando quiso darse cuenta, ya no estaban tan cerca como antes.
Hoy, R. no solo enfrenta una separación. Está atravesando un duelo complejo donde se mezclan la culpa por lo que hizo, el dolor por lo que perdió, la inseguridad por lo que no sabe, y las heridas de una historia que aún no termina de sanar.
El proceso psicoterapéutico con R. apunta a algo más profundo que “superar a su expareja”. Se trata de acompañarlo a elaborar su duelo de manera saludable, ayudándolo a aceptar la ruptura sin quedarse atrapado en el pasado. Implica trabajar sus pensamientos rumiativos y su sentimiento de culpa, no para negarlos, sino para comprenderlos y transformarlos.
También será necesario fortalecer su autoestima y su autonomía emocional, para que su bienestar no dependa de la presencia o ausencia de otra persona. Parte del camino será resignificar su historia: entender cómo su infancia, marcada por el miedo y la violencia, pudo haber influido en su forma de vincularse.
Dentro de este proceso, será importante que R. pueda acercarse —desde un lugar consciente y emocionalmente preparado— a su expareja, con el objetivo de resolver los asuntos emocionales que han quedado inconclusos. No desde la expectativa de retomar la relación, sino desde la necesidad de cerrar con dignidad aquello que fue significativo en su vida. La experiencia clínica nos muestra que, en muchos casos, asumir la responsabilidad por los propios actos y reconocer el amor que sí existió permite que ambas personas puedan encontrar una forma más pacífica de separarse internamente y estar en paz. No se trata de volver, sino de ordenar.
El objetivo no es que olvide, sino que pueda integrar lo vivido sin que esto dirija su presente.
Que pueda dejar de mirar la vida desde lo que perdió, y comenzar a reconstruirse desde lo que aún puede construir.


