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Las "7 condiciones" para el bienestar de una pareja

Somatización en niños como indicador temprano de violencia emocional.

Autor: Psic. Ricardo Torres Linaja

Introducción

En mi práctica profesional como psicólogo, he aprendido que no todos los niños gritan, golpean o desafían cuando algo en su mundo emocional no está bien. Algunos niños hacen algo distinto: se enferman. Llegan al colegio con dolores recurrentes, molestias estomacales o incluso síntomas más complejos que no encuentran explicación médica clara. Padres preocupados acuden a centros de salud buscando respuestas, mientras los resultados clínicos indican que “todo está bien”. Sin embargo, algo no está bien. Lo que ocurre es que el cuerpo del niño está diciendo aquello que no ha podido ser expresado con palabras. La somatización infantil es muchas veces, un lenguaje silencioso del sufrimiento emocional, y puede ser un indicador temprano de violencia emocional en su entorno.

Marco Teórico: somatización, apego y regulación emocional

La literatura científica ha demostrado que el desarrollo emocional del niño está profundamente influenciado por la calidad de sus vínculos tempranos. John Bowlby sostiene que un apego inseguro puede generar dificultades en la regulación emocional y en la integración de las experiencias internas (Bowlby, 2014).

Asimismo, desde la neurobiología interpersonal, Daniel Siegel plantea que el cerebro infantil aún no cuenta con la madurez suficiente para integrar emociones intensas, lo que puede derivar en respuestas somáticas ante situaciones de estrés (Siegel, 2014).

En esta línea, estudios contemporáneos han evidenciado que la exposición a entornos invalidantes o emocionalmente inestables incrementa la probabilidad de somatización en la infancia (Campo, 2012; Garralda, 2010). Estos hallazgos permiten comprender que el síntoma físico no es un evento aislado, sino parte de un sistema relacional en el que el niño intenta adaptarse.

Violencia emocional y somatización infantil

La violencia emocional en la infancia incluye prácticas como la invalidación afectiva, la crítica constante, la indiferencia emocional y la exposición a conflictos parentales. A diferencia de la violencia física, sus efectos suelen ser menos visibles, pero igualmente significativos.

En este contexto, el niño puede desarrollar dificultades para reconocer y expresar sus emociones, generándose un proceso de desplazamiento hacia el cuerpo. Como señala Marsha Linehan, los entornos invalidantes interfieren en el desarrollo de habilidades de regulación emocional, favoreciendo respuestas desadaptativas (Linehan, 2003).

Desde una perspectiva más aplicada, Isabel Filliozat destaca que los niños expresan a través de la conducta o del cuerpo aquello que no pueden verbalizar (Filliozat, 2019). En este sentido, la somatización puede entenderse como una forma de comunicación emocional.

Un caso clínico

Se presenta el caso de un niño de 8 años que llegaba constantemente al colegio con dolores estomacales. Sus padres preocupados, ya habían realizado chequeos médicos sin encontrar una causa orgánica. Inicialmente, la madre refería frustración: “ya no sabemos qué hacer, todo le duele a este chico”. El padre por su parte, tendía a minimizar: “nos quiere manipular”.

Durante la evaluación psicológica, se identificó que el niño presentaba dificultades para expresar sus emociones y tendía a replegarse ante situaciones de tensión. A través de técnicas proyectivas y juego terapéutico, emergió un contexto familiar caracterizado por conflictos frecuentes entre los padres, con episodios de discusión en presencia del menor.

El análisis funcional permitió establecer una relación entre los episodios de dolor y la exposición a situaciones emocionalmente estresantes. La intervención incluyó trabajo individual con el niño orientado a la identificación y expresión emocional, así como orientación a los padres en habilidades de comunicación y regulación.

Tras varias sesiones, se observó una disminución significativa en la frecuencia e intensidad de los síntomas, lo que sugiere que la somatización estaba directamente vinculada a la dinámica emocional del entorno.

Discusión

El caso presentado permite comprender la somatización infantil como un fenómeno en el que confluyen factores biológicos, psicológicos y sociales. Lejos de ser un síntoma aislado o una simple respuesta individual, la somatización debe ser entendida como una manifestación integrada del malestar emocional que el niño no logra procesar ni expresar verbalmente. En este sentido, el síntoma físico adquiere una función comunicativa dentro del sistema relacional en el que el niño se desarrolla.

Desde la teoría del apego propuesta por John Bowlby, se puede interpretar que la ausencia de una base segura limita la capacidad del niño para regular sus emociones, generando respuestas desorganizadas ante situaciones de estrés (Bowlby, 2014). Cuando el entorno no proporciona contención emocional suficiente, el niño recurre a estrategias alternativas de expresión, siendo la somatización una de ellas. Esta perspectiva permite comprender que el síntoma no es un fallo del niño, sino una adaptación a un contexto que no ha logrado sostenerlo adecuadamente.

Asimismo, la evidencia empírica respalda la relación entre somatización y factores emocionales. Estudios como el de Campo (2012) han demostrado que los síntomas somáticos en la infancia están significativamente asociados a la presencia de ansiedad, depresión y experiencias de estrés, mientras que Garralda (2010) destaca que los niños con síntomas físicos inexplicables suelen provenir de contextos familiares con altos niveles de tensión emocional. Estos hallazgos coinciden con la experiencia clínica, donde el síntoma corporal aparece como un indicador temprano de desregulación emocional en contextos relacionales.

El caso analizado pone en evidencia la importancia de la intervención sistémica. El cambio observado no se produjo únicamente a partir del trabajo individual con el niño, sino también gracias a la modificación de las dinámicas familiares. Esto refuerza la idea de que la somatización no es un fenómeno exclusivamente intrapsíquico, sino relacional, y que su abordaje requiere la participación activa del entorno.

Finalmente, es importante considerar que la somatización infantil puede constituir un indicador temprano de riesgo, no solo en términos de salud mental, sino también en relación con la exposición a formas sutiles de violencia emocional. Su identificación oportuna permite intervenir antes de que el malestar se cronifique o se transforme en cuadros más severos. En este sentido, la psicología tiene un rol clave en la detección, comprensión e intervención temprana, contribuyendo así a la prevención de la violencia y a la promoción del bienestar emocional en la infancia.

Implicancias clínicas y líneas de intervención

El reconocimiento de la somatización como indicador temprano de violencia emocional tiene importantes implicancias para la práctica psicológica. En primer lugar, permite identificar de manera oportuna situaciones de riesgo que podrían pasar desapercibidas.

En segundo lugar, orienta el diseño de intervenciones centradas no solo en el niño, sino también en su entorno familiar y educativo. Estrategias como la psicoeducación emocional, el fortalecimiento del vínculo afectivo y la promoción de habilidades de regulación resultan fundamentales.

Finalmente, se sugiere promover investigaciones futuras que profundicen en la relación entre somatización infantil y factores contextuales, especialmente en entornos escolares.

Conclusiones

La somatización en la infancia no debe ser entendida únicamente como un fenómeno clínico aislado, sino como una manifestación del malestar emocional en contextos donde el niño no encuentra espacios adecuados de expresión.

El cuerpo, en estos casos, se convierte en un canal de comunicación que requiere ser escuchado e interpretado desde una perspectiva comprensiva. Reconocer esta realidad no solo permite una intervención más efectiva, sino que contribuye a la prevención de formas más complejas de violencia en etapas posteriores del desarrollo.

En definitiva, cuando el cuerpo habla, no se trata de silenciar el síntoma, sino de comprender el mensaje.

Referencias

Bowlby, J. (2014). Una base segura: Aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós.

Campo, J. V. (2012). Annual research review: Functional somatic symptoms and associated anxiety and depression—developmental psychopathology in pediatric practice. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 53(5), 575–592.

Filliozat, I. (2019). No más rabietas. Urano.

Garralda, M. E. (2010). Unexplained physical complaints. Child and Adolescent Psychiatric Clinics, 19(2), 199–209.

Linehan, M. M. (2003). Terapia cognitivo-conductual para el trastorno límite de la personalidad. Paidós.

Siegel, D. J. (2014). El cerebro del niño. Alba Editorial.